Escrit per Robert Saladrigas.

No sé decir si los lectores de ahora se acuerdan de John Steinbeck (Valle de Salinas, California, 1902-Long Island, Nueva York, 1968), que recibió el Nobel de literatura en 1962 y es uno de los clásicos de la gran novela norteamericana del pasado siglo. En cualquier caso, ahora se presenta la ocasión de redescubrirlo en una de sus vertientes menos conocidas, la periodística, que a la vez es útil para disipar ciertos recelos que ensombrecieron su figura en los últimos años de vida. Se trata de la traducción de un librito trascendente por el asunto y por lo que entrañó su aparición en aquel remoto mundo de 1936. Se titula Los vagabundos de la cosecha (The harvest gypsies). Steinbeck, hijo de una maestra y el encargado de un molino de trigo, muy sensibilizado con su pertenencia a la clase trabajadora, acababa de publicar En lucha incierta, una novela sobre una huelga de jornaleros en una explotación agrícola californiana. El redactor jefe de The San Francisco News pensó en él para escribir una serie de siete reportajes que contaran el drama de los aparceros que, desde los territorios del Medio Oeste arrasados por la sequía y las ventiscas de polvo, llegaban con sus familias a California para recoger las cosechas estacionales y eran tratados como desechos humanos.

Steinbeck aceptó el encargo y fue testigo de una maldad absoluta que superaba cualquier ficción. Recorrió los exuberantes campos de cultivo californianos que apenas acusaban los efectos de la Gran Depresión, vio con sus propios ojos la vida infrahumana y las muertes por consunción de las familias de desposeídos que viajaban en sus maltrechos vehículos desde Nebraska, Oklahoma, Kansas y Texas para ganar veinticinco centavos a la hora, trasladarse sin cesar de una hacienda a otra con la esperanza de llegar a tiempo para ser contratados, cobijarse en chozas hechas de cartón de embalaje, someterse a la tiranía de policías y matones y ver como sus hijos morían literalmente de hambre sin poder optar a las tímidas ayudas sociales del gobierno federal. El paisaje humano que Steinbeck describe es escalofriante. Lo avalan todas y cada una de las impresionantes fotografías neorrealistas captadas por la cámara de Dorothea Lange (New Jersey, 1895-San Francisco, 1965). Recomiendo detenerse en tres de ellas por su conmovedora explicitud: la de hombre acostado sobre el asfalto de un aparcamiento, la de la familia exhausta reunida en torno a su coche averiado en el arcén de la autopista 101, y la que para mí golpea con más contundencia el estómago de quien la contempla, aquella con el título de Madre inmigrante que muestra en primer plano el rostro ajado de una india cherokee de 33 años llamada, según se supo después, Florence Owens Thompson, viuda con seis hijos, uno de ellos en brazos y otros dos ocultando el desespero en sus hombros. Los ojos de Florence fijos en ninguna parte son un icono del dolor, la impotencia y la barbarie del capitalismo sin alma. Con verlos, las palabras enmudecen.

Pero volvamos a Steinbeck. Tras revelarse en Los vagabundos de la cosecha como un excelente reportero que denuncia la opresión salvaje de norteamericanos ricos («grupos fascistas», los llama) sobre otros norteamericanos pobres -antes sehabían cebado con emigrantes mexicanos, japoneses y filipinos-, la dura experiencia sirvió a Steinbeck para escribir en 1939 la que sin discusión es su obra capital, Las uvas de la ira (The grapes of wrath), premiada con el Pulitzer de 1940, el mismo año que John Ford la llevó al cine con Henry Fonda de protagonista. Es la gran novela épica de la desesperación social y la indignación política, en la línea de James T. Farrell, autor de La joven madurez de Studs Monigan (1934), que hasta entonces se había erigido en el más fiel intérprete crítico de la Norteamérica de la depresión. Pero a finales de la década abominable, desde una actitud radical y con estética naturalista, Steinbeck introduce en el relato de la peregrinación de la familia Joad hacia el paraíso una resonancia bíblica mediante el anhelo utópico de la solidaridad humana que ejemplariza en una escena imborrable: Rosa, que acaba de perder a su bebé, amamanta al hambriento que está al límite de sus fuerzas como un acto de comunión moral y símbolo de la firme voluntad de sobrevivir por parte de los desposeídos de la tierra de promisión.

Un Nobel mal acogido.

Las uvas de la ira sigue siendo hoy la gran narración que siempre fue y su vigencia fuera de toda duda cuando el problema de la emigración está enquistado en nuestra realidad diaria y, una vez más, da lugar a historias sangrantes. Sin embargo, el Nobel a Steinbeck fue mal acogido en los sesenta porque había apoyado la política exterior de Kennedy y Johnson, lo que implicaba su bendición a la guerra de Vietnam, y la izquierda norteamericana se sintió traicionada. Es difícil aclarar los motivos de esa deriva, pero como explica Eduardo Jordá en el prólogo de Los vagabundos de la cosecha, a Steinbeck no pareció importarle demasiado quizá porque en aquel tramo final de su existencia su propio país «se había vuelto irreconocible para él» y no conseguía entender por qué ni, en realidad, qué había podido ocurrir para que de pronto se sintiera moralmente inducido a elegir la opción equivocada y su prestigio se derrumbase.

Ha pasado mucho tiempo y mi sugerencia es que si desean saber quién fue el auténtico John Steinbeck y medir el valor de su aportación, aprovechen y lean esa pequeña muestra de gran reporterismo de combate -a la altura de Kapucinski- y a continuación, siguiendo la secuencia, disfruten de Las uvas de la ira como un texto vigoroso que no busca conmocionar con excesos imaginativos sino pintar la vida del subproletariado del campo en la rica nación que enfatizaba, incluso en aquella época de crisis, la igualdad de oportunidades. Los dos libros ofrecen buena literatura periodística y de creación, pero no son sólo literatura. En mi opinión constituyen, con La perla y Tortilla Flat, el sello de legitimidad de John Steinbeck.

 

Publicat a Culturas de La Vanguardia (2007)
Foto: Migrants, family of Mexicans, on road with tire trouble. Looking for work in the peas. California. Dorothea Lange, 1938. Cortesia de la Library of Congress. Prints and Photographs Division. Núm. Rep. LC-DIG-fsa-8b38215. 

Los vagabundos de la cosecha, de John Steinbeck. Ed. Libros del Asteroide, 2011.