En el Dia Internacional de la dona volem fer un agraïment a una de les grans fotògrafes de tots els temps, Dorothea Lange, protagonista absoluta de l’exposició Dust Bowl.

Lange no només va destacar en la dècada dels 30 en un món, el de la fotografia, dominat absolutament per homes, sinó que el seu treball projecta l’autèntica força de les dones en els diferents conflictes socials que va documentar.

Hem seleccionat una sèrie de textos que ens parlen d’aquesta importància de la dona en moments de neguit, impotència i sobretot, molta dignitat. Alguns estan extrets d’entrevistes a Lange i d’altres, de les descripcions de John Steinbeck en els seus articles periodístics.

Dorothea Lange El encago que nunca olvidaré, 1959. New Deal Photography, p.233

[Migrant mother] Se ha utilizado y publicado incontables veces en todo el mundo, año tras año, y en cierta medida para mi bochorno, pues yo no me considero una “fotógrafa de una solo fotografía”.

En una ocasión me quejé del uso reiterado de aquella imagen y el olvido de las otras que había producido durante mi dilatada carrera, un astuto amigo me reprobó: “El tiempo es el mejor de los editores –dijo- y el más fiable. Cuando una fotografía pasa esa prueba, hay que aceptarlo y celebrarlo.

Me dejé llevar por el instinto, no por la razón; me adentré bajo la lluvia en aquel campamento fangoso y aparqué el coche cual paloma mensajera.

 

 

Lange sobre Roy Stryker, entrevista 1964. New Deal Photography, p.18

Aquella libertad te permitía buscar tu propio camino, sin críticas de nadie, y eso era algo muy especial. En aquel proyecto se estableció una especie de hermandad. Y eso es algo imposible de duplicar o encontrar. Roy Stryker (…) tenía instinto para saber lo que era importante.

 

 

John Steinbeck a Los Vagabundos de la cosecha, p.18

Despúes de dar a luz y de ver que el bebé estaba muerto, la madre se dió la vuelta y pasó dos días echada sin moverse. Hoy se ha levantado y tambalea por la tienda. El último bebé, nacido hace menos de un año, vivió una semana. Los ojos de esta mujer tienen un aire vidrioso y ausente, como de sonámbulo. Ya no lava la ropa. Le han arrebatado el instinto de la limpieza, ya no tiene fuerzas. Su marido era aparcero, pero no consiguió salir adelante. Ahora ha perdido hasta la ganas de hablar. No te mirará a la cara, porque para eso hacen falta ganas, y para tener ganas hace falta tener fuerzas.

 

 

John Steinbeck, en referència als campaments federals a Los Vagabundos de la cosecha, p.33

Cuando una nueva familia llega a uno de estos campamentos, suele estar sucia, cansada y desecha. Entonces, un grupo de las buenas vecinas la recibe, le explica sus reglas, la ayuda a instalarse, le enseña a utilizar las unidades sanitarias y, si faltan mantas o tiendas, se las consiguen en sus almacenes.

Lavan y bañan a los niños y estudian las necesidades que puedan surgir en un futuro. Si los niños no tienen ropa suficiente, las mujeres del grupo de costura de la comunidad des ponen manos a la obra de inmediato. En caso de que algún miembro de la familia esté enfermo, llaman al director del campamento o a la enfermera para que se ocupe de su tratamiento.

Estas buenas vecinas no son trabajadoras sociales cualificadas, pero tienen algo que quizá sea más importante: una comprensión que nace de haber vivido experiencias similares.

 

 

 

Fotografia: Washington, Yakima Valley, near Wapato. One of Chris Adolph’s younger children. Farm Security Administration Rehabilitation clients. Dorothea Lange, 1939. Cortesia de la Library of Congress. Prints and Photographs Division. Núm. Rep. LC-DIG-fsa-8b34383